els blogs de la Fundació Catalanista i Demòcrata


Blog coordinat per Josep Termes i Francesc Canosa
La Setmana Tràgica cumple un siglo
El hecho histórico ha suscitado el interés editorial para recordar aquellos acontecimientos por los que Barcelona fue conocida en el mundo anarquista como la Rosa de Fuego
Josep Maria Sòria 26-7-09 La Vanguardia
La Setmana Tràgica, los gravísimos hechos acaecidos en Barcelona entre el 26 de julio y el 2 de agosto de 1909, han marcado la capital catalana de forma indeleble, hasta el punto que bien puede considerarse lo ocurrido como un antecedente y causa a la vez de la Guerra Civil. Los hechos, en síntesis, se iniciaron con una convocatoria de huelga general contra el llamamiento de reservistas para ir a la guerra de Marruecos; un paro que actuó como catalizador de una serie de desequilibrios en una ciudad en pleno proceso de transformación. La huelga, sin líderes claros, se transformó en una auténtica sublevación popular en la que murieron más de un centenar de personas, se quemaron 21 iglesias y 30 conventos, más de 2.500 personas fueron detenidas, de las que 1.750 fueron juzgadas y cinco ejecutadas, entre ellas el pedagogo libertario Ferrer i Guàrdia. Unos hechos que tuvieron también eco en diversas poblaciones catalanas como Sabadell, Terrassa, Reus, Manresa, Palafrugell, Vilanova i la Geltrú, Granollers, Premià, Mataró e Igualada. En Mataró, Sabadell, Granollers y Palafrugell se proclamó la república.
Cien años después, la Setmana Tràgica ha suscitado el interés editorial para recordar aquellos acontecimientos por los que Barcelona fue conocida en el mundo anarquista como la Rosa de Fuego. Entre los libros aparecidos cabe destacar por su capacidad de síntesis La Setmana Tràgica del historiador David Martínez Fiol (Pòrtic), que plantea de forma diáfana las circunstancias y el marco que hicieron posible aquel estallido popular, tanto desde el punto de vista político como desde el económico y el social. El profesor Martínez Fiol retrata con precisión las razones del estallido anticlerical, así como la ausencia de liderazgo con que los sublevados hicieron frente a las tropas del ejército y a la Guardia Civil y la profunda división que se produjo en el seno de la sociedad catalana. Asimismo, la obra incluye una serie de rutas históricas para visitar los lugares de los hechos de forma pedagógica.
Para tratar la herida que la Setmana Tràgica produjo en la sociedad, Edicions 62 ha reeditado Maragall i la Setmana Tràgica, de Josep Benet, el libro que el político, abogado e historiador empezó a escribir durante su estancia en Montserrat, en 1960, donde tuvo que refugiarse a raíz de los fets del Palau y que fue publicado por vez primera en 1963. Este clásico de la historiografía catalana trata sobre las consecuencias que aquellos hechos tuvieron en el seno de unas clases que protagonizaban una gran transformación social. El poeta Joan Maragall se convirtió en la conciencia moral y el referente intelectual de una sociedad que no fue capaz de adivinar lo que anidaba en su seno y tampoco supo poner freno a los acontecimientos. Después, mientras unos convocaban a la delación, Joan Maragall se alzó pidiendo clemencia a la sociedad en un célebre artículo periodístico, La ciutat del perdó, que el entonces líder de la Lliga, Enric Prat de la Riba, se negó a publicar en La Veu de Catalunya. Algunos comparan aquel artículo con el famoso J'accuse... del francés Emile Zola, con ocasión del 'affaire' Dreyfus.
Precisamente sobre una de las principales consecuencias de la Setmana Tràgica, el periodista y abogado Francisco Bergasa publica en Aguilar Quién mató a Ferrer i Guàrdia. Un profundo análisis sobre el juicio y la ejecución del pedagogo, anarquista y librepensador catalán, al que se consideró autor y máximo responsable de aquellos hechos, aunque después se ha documentado que realmente muy poco o nada tuvo que ver. Bergasa analiza a fondo el auto de procesamiento y el juicio oral donde se pone de manifiesto la injusticia cometida. El autor culmina la obra con un capítulo sobre las responsabilidades donde señala, en primer lugar, al gobierno de Maura y al ministro de Gobernación, Juan de la Cierva. Después, al ejército, que tenía deudas pendientes con Ferrer por su declarado antimilitarismo. También a la Iglesia, que consideraba al fundador de la Escola Moderna un abanderado de la enseñanza laica y un anticlerical. También señala Bergasa a los partidos políticos y las agrupaciones obreras con peso en Catalunya, como eran la Lliga, los lerrouxistas –especialmente– y Solidaridad Obrera, por su actitud acusadora o simplemente distanciada durante el juicio. También señala el autor a la prensa, en lo que atañe a la orientación del juicio en contra del reo. Finalmente, Bergasa lamenta que la Corona no supo mostrarse magnánima ni supo evaluar las consecuencias que aquella ejecución tendría para su prestigio, haciendo oídos sordos al clamor internacional contra la falta de garantías en el juicio.
Otro ensayo interesante es el que publica Dolors Marín en La Esfera de los Libros, La Semana Trágica. Barcelona en llamas, la revuelta popular y la Escuela Moderna, en la que la historiadora especialista en cultura libertaria y anarquista enfoca la cuestión desde la lucha de las clases populares por sobrevivir y hacerse con un espacio propio en aquella Barcelona de principios de siglo. Marín se sumerge en los círculos de librepensadores y anarquistas y traza el panorama de centros obreros, logias masónicas y grupos antimilitaristas y anticlericales, así como de las experiencias racionalistas en la capital catalana para enmarcar los hechos y sus consecuencias.
Set dies de fúria y Siete días de furia son la versión catalana y castellana del trabajo que Antoni Dalmau publica en Destino. Con su conocida capacidad narrativa, el que fue alcalde de Igualada y presidente de la Diputación de Barcelona relata con carácter divulgativo los hechos de aquel mes de julio de hace un siglo e incluye una cronología, día a día y hora a hora, de los hechos, así como biografías de las protagonistas y una relación de los edificios destruidos.
Del mismo tenor que el anterior, es la obra de Alexia Domínguez La Setmana Tràgica a la Barcelona de 1909 (Cossetània). Se trata de un libro de divulgación realizado por una joven periodista que reconoce su interés por aquellos acontecimientos debido al hecho de haber sido alumna en la Escola Pia de Sant Antoni, el colegio de la ronda del mismo nombre, que fue uno de los primeros edificios incendiados, y que desde muy joven se sintió atraída por explicar qué fue lo que sucedió en aquella Barcelona de hace un siglo.
Aquellos hechos han sugerido a Andreu Martín, célebre escritor de novela negra, la redacción de una obra de creación literaria, Barcelona tràgica (Alisis/Ara Llibres), que es una rememoración de lo ocurrido hace cien años en la capital catalana en clave de novela. Una incursión interesante para aquellos lectores para los que la historia presenta todavía ciertas dificultades.
Finalmente, es preciso mencionar el catálogo de 1909: fotografia, ciutat i conflicte, producido por el Arxiu Fotogràfic de Barcelona, en el cual, además de un interesante conjunto de documentos gráficos de la época, se publica Retrats d'una ciutat dividida, de Enric Ucelay-Da-Cal. El profesor de la Universitat Pompeu Fabra, uno de los máximos conocedores de la Barcelona de principios de siglo, se basa en un artículo publicado por Agustí Calvet, Gaziel, en la revista satírica Papitu, y un discurso de Lerroux, para explicar las razones de la explosión popular. Lo titula Retrat d'una ciutat dividida.
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Centenari de la Setmana Tràgica
El 26 de juliol de 1909, les forces obreres van convocar una vaga general que va derivar en la crema d'esglésies i convents
VILAWEB 26-7-09
Avui fa cent anys, Barcelona va començar a viure una revolta popular sense precedents atiada per l'antimilitarisme i l'anticlericalisme. Uns quants motius socioeconòmics són a l'origen de la Setmana Tràgica, que durà 26 de juliol-1 d'agost de 1909, però el detonant fou la política colonialista espanyola a la regió amaziga del Rif, a l'Àfrica. La intenció d'enviar-hi quaranta mil reservistes, molts del país, per mantenir-ne l'ocupació va indignar les classes baixes catalanes.
El 26 de juliol de 1909, les forces obreres van convocar una vaga general que, ràpidament, va derivar en la crema d'esglésies i convents (mapa). Vuitanta edificis religiosos de Barcelona (la meitat dels que hi havia) van quedar reduïts a cendra. Com explica l'historiador Josep Maria Solé i Sabaté, de resultes de la setmana de violència van perdre la vida vuitanta-dos civils, tres militars i dos guàrdies civils.
Però la dura i arbitrària repressió posterior va agreujar el balanç: es van desterrar dos-cents anarquistes i republicans, es van processar dues mil persones i es van dictar moltes sentències de mort. Una de les cinc que finalment es van executar va ser la del pedagog Francesc Ferrer i Guàrdia, afusellat el 13 d'octubre de 1909 al Castell de Montjuïc.
La Fundació Francesc Ferrer i Guàrdia, per això, commemora també enguany el centenari de la mort del fundador de l'Escola Moderna, de caràcter racionalista i laica. Entre altres activitats, la fundació ha impulsat una campanya per a posar el nom del pedagog a un carrer de Barcelona. L'objectiu s'ha assolit: el 9 de juliol, el ple del Districte de Sants-Montjuïc va aprovar per unanimitat el canvi de nom de l'avinguda Marquès de Comillas pel d'avinguda Francesc Ferrer i Guàrdia.
L'Ajuntament de Barcelona, per la seva banda, aplega en aquesta pàgina la majoria d'actes relacionats amb el centenari de la Setmana Tràgica: hi ha informació de seminaris i conferències, una mostra de documents d'època i una excel·lent exposició virtual.
JOAN MARAGALL Y LA SEMANA TRÁGICA
Tras la insurrección de 1909 en Barcelona, el poeta escribió tres artículos capitales. Se oponía a la venganza, defendía el amor solidario y denunciaba proféticamente la actitud que la Iglesia adoptaría en la Guerra Civil
HILARI RAGUER 25/07/2009 EL PAIS
Del 26 de julio al 2 de agosto de 1909 se sucedieron en Barcelona unos días de violencia que han pasado a la historia con el nombre de Semana Trágica. Su centenario se está conmemorando con libros, artículos, conferencias y hasta un congreso. Aquí me ceñiré a los tres artículos que entonces escribió Joan Maragall.
Barcelona vivía momentos de aparente esplendor, y de pronto descubrió que dormía sobre un volcán. En Marruecos, una operación militar para proteger a los trabajadores del ferrocarril de las minas desencadenó un conflicto generalizado. El ministro de la Guerra, Asensio Linares, movilizó a 40.000 reservistas. Eran hombres de una cierta edad, muchos casados, pobres que no habían podido pagar aquella "cuota" con la que los ricos se eximían del servicio militar.
Cuando el 11 de julio empezó el embarco de tropas en Barcelona, las madres y esposas de los movilizados multiplicaron los actos de protesta, mientras las damas de la burguesía repartían medallas y rosarios a los soldados. Una multitud furiosa se adueñó de la ciudad y se ensañó con los edificios religiosos, sobre todo las escuelas de la Iglesia. Tres sacerdotes fueron asesinados, se destruyeron unos 80 edificios religiosos (la mitad aproximadamente de los entonces existentes) y en un convento se desenterraron momias de monjas.
El Gobierno de Maura actuó con la máxima energía, y la insurrección se disolvió tan rápidamente como había estallado. El 2 de agosto, los obreros volvían a las fábricas y empezaba la represión. Se dictaron 17 penas de muerte, de las que cinco fueron ejecutadas. De éstas, dos tendrían especial resonancia. Una fue la de Ramón Clemente García, un deficiente mental que había bailado con una momia de monja: sería para la memoria posterior el episodio más emblemático de la Semana Trágica. La otra fue la de Francisco Ferrer Guardia, creador de la Escuela Moderna, acusado de ser el promotor de los incendios de iglesias y escuelas. La campaña internacional en su defensa acabaría derribando al Gobierno de Maura.
Tal es el contexto histórico de los tres artículos de Joan Maragall. Él y su buen amigo el obispo de Vic, Torras i Bages, mentor del catalanismo moderado, se exhortaban recíprocamente a escribir sobre lo ocurrido, pero no lo veían igual. En una pastoral, Torras i Bages calificó los hechos de "espectáculo diabólico, eco de la rebelión primitiva de los ángeles y de los hombres contra su Creador y Señor", y rechazó la acusación de inconsciencia social: "No ha sido aquella explosión de odio una manifestación de antagonismo del trabajo contra el capital, ni de un sistema político contra otro al que se acusa de tener la protección de la Iglesia; la persecución ha manifestado que lo que pretendía era borrar el Nombre de Dios de la sociedad humana, como los masones que gobiernan Francia lo borran de todos los libros de las escuelas de chicos y chicas de aquella nación". Diríase la carta colectiva de 1937 avant la lettre.
El 1 de octubre publica Maragall en La Veu de Catalunya, órgano de la Lliga de Prat de la Riba y Cambó, su primer artículo, Ah!, Barcelona... Su título y su tenor recuerdan los ayes de los profetas Amós, Isaías y Miqueas cuando en tiempos de aparente prosperidad denunciaban la injusticia social imperante, o a Jesús llorando por Jerusalén y anunciando que va al desastre. Ante el general deseo de venganza, Maragall exclama: "¿No veis acaso que lo que nos falta es amor?". Como si previera lo que sucederá treinta años más tarde, exclama: "Cataluña, Barcelona, has de sufrir mucho, si quieres salvarte. Has de aceptar las bombas, y el luto, y los robos, y el incendio: la guerra, la pobreza, la humillación, y las lágrimas, muchas lágrimas". Si no se convierte al amor solidario va al desastre, y entonces "al mirar Barcelona desierta, Cataluña desolada, cualquier viajero podría decir: aquí hubo tal vez una gran población, pero ciertamente no hubo nunca un pueblo".
En su segundo artículo, La ciutat del perdó, Maragall pide el indulto de los condenados a muerte, con palabras que podrían hacer suyas los que hoy luchan contra la pena capital: "¿Cómo podéis estar así tranquilos en casa y con vuestros asuntos sabiendo que un día, al buen sol de la mañana, allá arriba de Montjuïc, sacarán del castillo a un hombre atado y lo pasarán delante del cielo y del mundo y del mar, y del puerto que trafica y de la ciudad que se levanta indiferente, lo llevarán a un rincón del foso, y allí se arrodillará de cara a un muro, y le meterán cuatro balas en la cabeza, y él dará un salto y caerá muerto como un conejo?".
Prat de la Riba, director de La Veu de Catalunya, no permitió que este artículo se publicara y aplazó hasta el 18 de diciembre la publicación del tercero y más famoso, La iglésia cremada. Cuenta en él Maragall el fuerte impacto, que yo calificaría de experiencia mística, que, días después de la Semana Trágica, le produjo una misa celebrada en una iglesia quemada. Empieza diciendo: "Yo nunca había oído una misa como aquélla". Tres veces lo repite encabezando otros tantos párrafos, y a la cuarta añade: "... y, en comparación, puedo decir que nunca había oído misa". Aquel día entendió qué es la misa, y lo que la misa le exige a cada cristiano y a toda la Iglesia. Describe aquel templo con la bóveda caída, las paredes ennegrecidas, una mesa de madera por altar, sin bancos, con los fieles de pie, y una nube de moscas danzando en el rayo de sol que atravesaba el espacio. "Parecía que oíamos misa en mitad de la calle".
Aquella iglesia en ruinas le sugiere una Iglesia sin más fuerza que la que mana del Crucificado: "El Sacrificio estaba allí presente, vivo y sangrando, como si Cristo muriera de nuevo por los hombres, y otra vez hubiera dejado en el Cenáculo su Cuerpo y su Sangre en el Pan y el Vino. El Pan y el Vino parecían recién hechos: la Hostia parecía palpitar, y el vino, al verterse en el cáliz, a la luz del sol, parecía sangre que chorreaba".
Maragall sueña con una liturgia en la lengua del pueblo, en la que "fuesen leídas, gritadas al pueblo las palabras de fuego de las Epístolas de san Pablo" y el Evangelio se proclamara "en su divina simplicidad", y los fieles entendieran al sacerdote cuando "les muestra el Pan y el Vino temblando y haciéndoles temblar".
El comulgatorio, la barandilla ante la que se arrodillaban para comulgar, se le antoja "espesísima muralla que no deja pasar ni una centella de aquel fuego sagrado, ni un rayo del Santo Misterio que en el altar arde y brilla". Se imagina entonces que el sacerdote, que estaba de espaldas al pueblo, se da la vuelta y dice a los fieles: "Y he aquí vuestro mal: que en la Iglesia de Cristo buscáis demasiado la paz, que entráis sin amor, que os dormís, ¡que se os está muriendo la fe! Pensadlo bien: ¿qué le vais a pedir vosotros a Cristo en su Iglesia? Le pedís paz, quietud, olvido, que aparte de vosotros la tribulación y la amargura, que os dé un buen sueño. ¡Pues no es ésta la paz de Cristo!".
Y dice a los que desde la calle ven el espectáculo: "Entrad, entrad: la puerta está bien abierta; vosotros mismos os la habéis abierto con el fuego y el hierro del odio. Destruyendo la iglesia habéis restaurado la Iglesia, la que se fundó para vosotros, los pobres, los oprimidos, los desesperados". Y hablando de nuevo a los de dentro: "No se la volváis a quitar
[la iglesia a los que la han quemado] reedificándola; no queráis alzar de nuevo sus paredes más fuertes, ni la bóveda más bien cerrada, ni le pongáis puertas mejor forradas de hierro, que no está en esto su mejor defensa, y volveríais a dormiros en ella; ni tampoco pidáis la protección del Estado para ella, que demasiado parecía ya una oficina a los ojos del pueblo en ciertos aspectos; ni queráis mucho dinero de los ricos para rehacerla, que los pobres no puedan pensar que es cosa de los otros".
Estas palabras de Maragall denunciaban proféticamente en 1909 la actitud general y oficial de la Iglesia y de los vencedores en 1939.

