els blogs de la Fundació Catalanista i Demòcrata


Blog coordinat per Josep Termes i Francesc Canosa
Es un gran rompecabezas, que aspiramos a completar con ansia. Tenemos algunas piezas y varios huecos, pero nuestro objetivo es imposible: no encajan de ningún modo. Lo probamos una y otra vez, pero no hay manera. Las piezas están rotas, la imagen nunca se verá entera, nuestro empeño es vano. No obstante, nos negamos a abandonar la tarea. Nuestra memoria es ese gran rompecabezas siempre a medio hacer. Pocas obras de arte han conseguido acercarse tanto a la naturaleza fragmentaria, incompleta, esquiva, caprichosa e indominable de la memoria personal como la película polaca La pasajera, de 1963. Se trata de un filme de Andrzej Munk que fue terminado por su amigo y colega Witold Lesiewicz, después de que el primero falleciera en accidente automovilístico durante el rodaje. A partir del guión original y las notas del director, Lesiewicz montó el material rodado y le añadió fotos realizadas por el propio Munk y una narración en off para completar la historia dejando, a la vez, los blancos a la vista del espectador.
Tan atractiva como desconcertante, tan certera como sugerente, La pasajera es un reflejo de lo que nos ocurre cuando hacemos memoria: recordamos, olvidamos, recreamos, imaginamos. Nuestra memoria también es una película que combina imágenes en movimiento y foto fija, diálogos y monólogo interior. El retorno a Alemania, años después de la guerra, de una antigua carcelera del campo de exterminio de Auschwitz y su casual encuentro con una ex prisionera pone en marcha los mecanismos alambicados y arbitrarios de la memoria. Las voces de las víctimas y de los verdugos se entremezclan mientras el solapamiento del pasado y el presente crea un campo de ambigüedades doloroso que puede ser tan movilizador como anestesiante. ¿Podemos distinguir la mentira dentro de nuestra memoria? ¿La memoria puede dejar de mentir incluso cuando se plantea como un trabajo de recuperación de todo aquello que se ocultó? ¿Cómo distinguir lo irreal de lo falso y lo real de lo hipotético? Si compete a los historiadores la recomposición de la verdad documentada sobre el pasado, ¿por qué creemos, erróneamente, que la memoria puede ser "histórica"? El gran arte –y La pasajera lo es– ilumina algo que es incontestable: toda memoria es traidora o, mejor dicho, traicionera. Por eso encuentra mejor acomodo en la literatura, el cine, la pintura, el cómic y la fotografía que en los decretos ministeriales. Paradójicamente, la memoria puede ser más fiel a los hechos como fundamento de la ficción que como fuente de la investigación histórica.
Pero todo se balancea. El pasado día 3, leí en la página 29 de este periódico una noticia titulada así: "Internet no olvida". Los datos de miles de personas se resisten a desaparecer de la red de redes y el director de la Agencia Española de Protección de Datos (AEPD), Artemi Ramallo, habla de peticiones vinculadas al "derecho al olvido". Es extraordinario. Nuestra época nos ofrece a bombo y platillo un derecho al olvido y un derecho a la memoria que, luego, es incapaz de garantizar. Ni unos ni otros ven cumplidas sus expectativas. Mientras, existe también un deber de memoria, pero a nadie se le ha ocurrido argumentar un deber de olvido, acaso tan necesario como el primero. Poca memoria nos extravía, demasiada memoria nos paraliza. ¿Quién sabe exactamente la proporción justa y necesaria de memoria para cada uno de nosotros y para una determinada sociedad? Siguiendo a Paul Ricoeur, el profesor Joan-Carles Mèlich nos advierte que "todo recuerdo es memoria pero no toda memoria es recuerdo. La memoria también es olvido. Este no es la negación de aquella, sino su condición de posibilidad". Sin atender y respetar esta evidencia, deberes y derechos de memoria dejan de ser fines en sí mismos para convertirse en medios para otros menesteres.
En su libro Ética de la compasión, Mèlich señala el gran malentendido que atraviesa el boom actual de la memoria colectiva: "No hay una memoria buena y una mala porque la memoria siempre es ambigua y, por lo tanto, no tiene ningún sentido realizar una apología de la memoria sin más, si acto seguido no se indica cómo y para qué se la quiere utilizar". Algunos tratan de vadear este río turbulento separando la moral de la política y tomando la memoria como un equivalente de los tribunales de justicia. Pero el pasado nunca es reversible ni puede vincularse la justa reparación de las víctimas a un juego de espejos deformantes que convierte al historiador en conmemorador y al conmemorador en juez; con ello se juega con las legítimas expectativas de los herederos de las víctimas y se las coloca en una ventanilla equivocada, a la espera de algo que nunca podrá sustanciarse en la forma en que se plantea. Además, la acción política es inexplicable sin un correlato moral (que incluye lo inmoral y lo amoral) que guía la lógica de las decisiones, y no puede considerarse lo uno como si no dependiera de lo otro.
Llegados a este punto, nuevas preguntas nos asedian. ¿Si la memoria es la respuesta, cuál era la pregunta? ¿Por qué metemos en el mismo cajón de la memoria varias tareas que tienen que ver más con el presente que con el pasado? ¿Cuántas generaciones deberán consumir sus energías para que la memoria colectiva deje de ser el lugar que ensalza las diferencias y pueda representar un horizonte de verdadera reconstrucción cívica? Según Elias Canetti, "la muerte no tiene memoria". Aprovechemos, pues, que nuestra memoria nos indica que estamos vivos para buscar los fragmentos del rompecabezas sin matar al otro. Sin matar a nadie.
Article de Francesc-Marc Álvaro publicat a La Vanguardia el 16/06/2010.
Se puede callar y aceptar el fraude o se puede denunciar. Lo primero es más cómodo; a veces, incluso es rentable. Lo segundo es incómodo y, además, provoca todo tipo de ataques. Todo depende de la necesidad que uno tenga de estar bien con uno mismo. Si digo que es un imperativo ético, el propósito sonará demasiado solemne, aunque sea cierto. Si digo que es un acto de higiene política, el objetivo es mucho más preciso, pero incompleto. Si digo que se trata de evitar que me tomen el pelo con dinero público y en nombre de los muertos, habré resumido muy claramente lo que me anima a escribir este papel. Invoco el buen criterio de Tzvetan Todorov, autor de varios libros de referencia sobre la memoria colectiva: "En el mundo moderno, el culto a la memoria no siempre sirve para las buenas causas". Sin duda. Entre todos los catalanes sufragamos una institución llamada Memorial Democràtic (MD), dependiente del Govern de la Generalitat. Es un ejemplo de todo lo que los poderes democráticos no deberían hacer nunca con el pasado reciente.
La semana pasada fui a visitar la pequeña exposición permanente instalada en el vestíbulo de las oficinas del MD, en la barcelonesa Via Laietana, número 69, antigua sede del departamento de Interior. Evito las ironías fáciles sobre esta feliz coincidencia. Como carta de presentación de un organismo oficial que se pretende de tothom i per a tothom, la breve muestra es elocuente. Dado que los responsables del MD no son necios ni tampoco incompetentes, el relato que se ofrece está preparado con sumo cuidado, para evitar tosquedades a primera vista. La clave de la operación es el tejido sutil de ausencias, todo lo que se omite, se excluye y queda fuera de campo, como si fuera algo natural. En este sentido, la contemplación del audiovisual que se proyecta a modo de bienvenida y que resume la historia de Catalunya desde 1931 hasta 1980 resulta una experiencia de lo más inquietante. Por ejemplo, la retaguardia de la Guerra Civil en Catalunya queda dibujada únicamente con los hechos de mayo de 1937 y los bombardeos franquistas sobre Barcelona. ¿Un descuido? Nada de las patrullas de la FAI, nada del drama de varios dirigentes republicanos amenazados, nada de la persecución de religiosos y católicos, nada del desgobierno de la Generalitat, nada de la omnipresencia de agentes soviéticos, nada de todo aquello que podría sugerir la densa complejidad del conflicto y la necesidad de contemplar varias perspectivas. ¿Acaso el ciudadano catalán no es ya lo bastante maduro para que se le explique que no todos aquellos que decían defender la legalidad republicana eran exquisitos demócratas? ¿Por qué los que se otorgan el papel de conmemoradores públicos tienen miedo de divulgar lo que la historiografía más prestigiosa ya ha establecido?
El debate sobre el MD invita a muchos abordajes posibles. Resumamos los mismos a través de algunas preguntas: ¿Qué es memoria democrática cuando hablamos de periodos marcados por movimientos totalitarios de derechas y de izquierdas? ¿Debe ser el Govern quien haga directamente la pedagogía correcta sobre el pasado reciente? ¿Por qué el MD depende de la conselleria de Saura y no del Parlament? ¿Por qué todos los fondos destinados a crear una estructura como el MD no se emplean directamente para la investigación universitaria, las iniciativas locales y las políticas de compensación de los perseguidos y olvidados por el franquismo? ¿Por qué, más allá de unas escasas y obligadas muestras de pluralismo en su junta de gobierno y su consejo asesor, el MD responde mayormente a la sensibilidad de dos partidos, Iniciativa per Catalunya y Esquerra Unida i Alternativa?
Como admite en privado un destacado conseller socialista del tripartito, detrás del MD lo que hay es "un juguete" en manos de los socios y una operación política, nacida en la izquierda poscomunista y adoptada por el PSOE de Zapatero, consistente en la búsqueda de una nueva legitimidad a partir de una lectura incompleta, simplificadora y emocional del pasado que, de este modo, compense de las debilidades de hoy. La presencia de los discursos sobre la mal llamada "memoria histórica" en la agenda electoral responde a esta estrategia de reconstrucción de una identidad política que, ayuna de otros méritos, pretende proyectar una superioridad moral que ha de venir de la conexión con sus muertos y sus víctimas. De ahí se deriva una confusión políticamente grave y éticamente inaceptable: entender que las instituciones democráticas sólo deben recordar a los muertos que el franquismo consideró enemigos, jugando a una reversión del dolor por desempate. Pero la democracia, en tanto que sistema de libertades, debe superar esta división, debe abrazarlo todo y debe evitar la creación de eso que la norirlandesa Marie Smyth denomina jerarquías del dolor. Por otro lado, la perversa ley del péndulo que rige los homenajes partidistas acostumbra a olvidar a una gran cantidad de víctimas que no son de nadie, esos nombres que el franquismo no utilizó para su propaganda y que el MD tampoco quiere porque no encajan con su épica en blanco y negro.
Borrar, excluir. He aquí el método. Comienza hoy, organizado por el MD, un coloquio internacional sobre la represión franquista y la revisión jurídica de las dictaduras. Salvo una ponencia que hace referencia a la Alemania comunista, se hablará únicamente de un tipo de dictaduras. ¿Casualidad? El bueno de Winston Smith, en la novela 1984, ya nos advirtió que "quien controla el pasado controla el futuro; quien controla el presente controla el pasado". Evitémoslo.
Article de Francesc-Marc Álvaro publicat a La Vanguardia el 09/06/2010
No conocía la obra del escritor esloveno Boris Pahor cuando visité el campo de concentración nazi de Mauthausen en agosto del 2006. Si hubiera leído antes su novela autobiográfica Necrópolis, editada ahora en castellano por Anagrama, habría comprendido mejor lo que sentí al recorrer el lugar donde fue asesinado el hermano mayor de mi madre, el día de Año Nuevo de 1942, según documentos de la Cruz Roja. Resumamos el problema: trataba de reseguir el espacio del sufrimiento y la muerte de mi tío, pero los otros visitantes me lo impedían, su presencia ahuyentaba lo que yo andaba buscando. Mi empresa era imposible. Me había equivocado al elegir un mes tan típicamente turístico para descubrir ese punto negro de la geografía austriaca donde alguien de mi familia se confrontó, cara a cara, con una forma única del mal. Me prometí volver a Mauthausen cuando el frío del invierno me regalara silencios allí donde el pasado habla a través de cientos de detalles, si se sabe escuchar la nada.
Todo esto ya lo había contado mucho antes, con la excelencia propia de un maestro, el triestino Pahor, en una obra fechada en 1966, un año antes de que yo naciera. Su novela es la visita de un antiguo deportado al campo de concentración de Natzweiler-Struthof, donde estuvo preso de joven, rodeado de turistas, un día de julio. "Me parece injusto –escribe– que los visitantes recojan sus impresiones en un ambiente tan agradablemente cálido y tranquilo, casi onírico". Pero Pahor no es el familiar de un superviviente tratando de imaginar qué fue aquello, él es otra cosa: es un superviviente y, por tanto, también es un testigo, que regresa al lugar del crimen muchos años después, cuando su memoria debe medirse con la inevitable desfiguración que todo museo es, incluso el que está regido por las buenas intenciones del rememorador que asume la voz de las víctimas. Ante el horno crematorio, que nunca llegó a observar con sus ojos cuando estuvo preso aquí, el narrador se detiene: "Parece una máquina jubilada: tan limpia y vestida de gala, y tan orgullosa porque ha funcionado perfectamente a lo largo de muchos años. Me ha alcanzado una ola de turistas y me retiro hacia el fondo. Reflexiono sobre la naturalidad con que el hombre les ha advertido que tengan cuidado de no mancharse, pero el uso de este verbo, a pesar de ser el adecuado, me suena mal y eso me aleja aún más de la multitud que ha llenado el lugar. En algún sitio hay un altavoz, de manera que las palabras del guía me persiguen aunque él siga delante del horno". Al leer esto, pienso en los niños que vi corretear entre los artefactos de muerte de Mauthausen, ajenos al relato; los pequeños toquetean todo lo que aparece a su paso, los adultos no nos atrevemos. ¿Tememos acaso contaminar la verdad de esa enorme muerte con las fantasías de nuestra pequeña vida?
Nacido en la bella Trieste, Pahor también experimentó en carne propia la violenta persecución que el fascismo italiano hizo de la minoría eslovena de la ciudad y la región. La lengua materna del escritor fue prohibida por Mussolini. Para el lector catalán que tiene memoria del franquismo estas referencias son terriblemente cercanas. Con la Segunda Guerra Mundial, el profesor de literatura se unió a la resistencia eslovena y, tras ser capturado, se convirtió en deportado. Finalmente, salió vivo de un lugar pensado para la aniquilación total. Jorge Semprún llamó a esto atravesar la muerte. ¿Cómo lo consiguió Pahor? "Porque la condición más importante para tener alguna posibilidad de sobrevivir es la eliminación de todas las imágenes que no pertenecen al reino del mal". Una buena explicación. ¿En qué momento mi tío tuvo conciencia de que sus 29 años no tendrían continuación y de que su condición no era la de un simple prisionero de guerra? ¿Qué gesto le reveló que no había billete de vuelta? Me golpea la idea de que mi tío muriera sin saber todo lo mucho que hoy sabemos acerca de la maquinaria que le hizo desaparecer. Un trueque y una paradoja: él experimentó un final que, a pesar de toda la documentación de que disponemos, nunca podremos siquiera intuir. Nosotros sabemos porque imaginamos, él conoció. Conocer es el raro privilegio de la víctima. Sólo el testigo moral –una víctima que burla su destino, como Pahor– puede superar esta dislocación, para hacer memorable lo insoportable.
Turistas que ignoran a los testigos. Testigos perdidos en medio de turistas. Hoy todo es turismo. Incluso hay muchas personas que parecen turistas de sus propias vidas. Los campos nazis reciben miles de turistas cada año, como los parques temáticos. El antropólogo Marc Augé sostiene que los lugares privilegiados atraen por igual a peregrinos y a turistas. Los primeros "piensan reanimar allí su fe, su visión del mundo y de la historia, su certidumbre de existir", mientras que los segundos "sólo se creen movidos por la curiosidad". A las necrópolis donde reposan tantos no cuerpos de aquellos que fueron marcados como no hombres, a esas catedrales de cenizas anónimas que parieron la Europa de hoy, deberíamos acudir siempre como peregrinos, discretos y silentes. Peregrinos y nada más. Por respeto. Por deber. Y evitando la mirada urgente y hueca del que caza souvenirs; del que ve pero no mira, del que se desplaza pero, en realidad, no se ha movido de casa.
Volver a Mauthausen un día laborable de enero es mi propósito. La voz de Pahor me acompañará. Testigo 1, turista 0. Tiene razón Andreas Huyssen al decir que nuestra obsesión con las ruinas "encubre la nostalgia por una etapa temprana de la modernidad, cuando aún no se había desvanecido la posibilidad de imaginar otros futuros". Recordar lo que vendrá nos deja, quizá, en los primeros peldaños de eso que, algún día, llamamos esperanza.
Article de Francesc-Marc Álvaro publicat a La Vanguardia el 02/06/2010

