17de Maig de 2012
Alvaromeseguer
Los últimos
Francesc-Marc Álvaro
Se trata de una pregunta que llega como sin querer: ¿Qué será del pasado reciente cuando ya no quede nadie para contarlo en primera persona? Asistimos a la etapa final de la vida de aquellos que, atravesados por los grandes conflictos del siglo XX, fueron víctimas o verdugos de las peores páginas de nuestra historia colectiva. Se van muriendo los últimos que pueden recordar todo aquello que, a menudo, resulta indecible y que, con toda seguridad, es inimaginable para los que no estuvimos allí. Los últimos testimonios de ese mal radical único están desapareciendo y, de este modo, nuestro presente se va empobreciendo y perdiendo relieve. Y queda mucho más desprotegido frente a los que niegan, relativizan, desfiguran o adulteran esos horrores planificados para convertir al ser humano en menos que nada.

El lunes 30 de noviembre, apareció en público, en un tribunal de Munich, un hombre llamado Ivan Demianiuk, presunto destacado asesino del campo de exterminio de Sobibor. Las cámaras captaron a un anciano que, afectado de artrosis, gota y leucemia, llegó a la sala primero en silla de ruedas y luego en camilla. Las crónicas subrayaron algo que debemos retener con atención: este juicio podría ser el último que se celebre con la presencia de personas que fueron víctimas del holocausto o que tuvieron participación directa en la maquinaria criminal de Hitler. No está previsto que la sentencia se emita hasta mediados del año próximo y, por tanto, nos aguardan varios meses en los que los testimonios llamados van a ir desgranando sus experiencias ante los magistrados, con pelos y señales. Nuevamente, se abrirá el viejo baúl del dolor y los detalles de una momento atroz se convertirán en materia de actualidad para, al cabo de muy poco, volver a replegarse a los rincones más oscuros de cada biografía, hasta que la muerte borre definitivamente las voces y los gestos que evocan –con una fuerza superior a la de cualquier documento– lo que muchos todavía ignoran, lo que algunos no se creen, lo que tantos olvidan.

Pensé en Demianiuk porque hace exactamente una semana falleció, a los 93 años, Marcel·lí Garriga Cristià, uno de los últimos supervivientes del campo nazi de Buchenwald que, a sus 27 años, fue deportado junto a otros combatientes republicanos. Por suerte, la experiencia de este ciudadano vilanovés no se perderá del todo, la contó en el libro Un vilanoví a Buchenwald (con edición y notas de Marta Sells y Rosa Toran), un volumen que se añade a otros relatos similares, que nos permiten acercarnos a esos fragmentos de memoria personal que ensanchan la comprensión racional de un acontecimiento histórico a través de esa dimensión sensorial que el reportero Kapuscinski definió como imponderabilia: "colores, temperaturas, atmósferas, climas". ¿Cómo podemos saber algo profundo de los campos nazis, del gulag soviético, de la represión que despliega cualquier dictadura sin tener acceso a esa microrrealidad que el arte, la literatura, el periodismo y el cine capturan, a menudo, con más precisión que la ciencia histórica?

Jorge Semprún, que también estuvo preso en Buchenwald y que Marcel·lí Garriga cita en su libro junto a otros compañeros, ha demostrado magistralmente con sus novelas que el tratamiento literario de esa experiencia límite permite revelar una verdad que, de otro modo, permanecería oculta, por mucha información que los historiadores puedan reunir e interpretar. El premio Nobel húngaro judío Imre Kertész (que estuvo, muy joven, en Auschwitz y también en Buchenwald) ha buscado lo mismo con sus obras. "Fue –escribe en Dossier K– como salir de mi propia piel y ponerme otra, pero sin tirar la primera, es decir, sin traicionar mis vivencias". Todo lo contrario de lo que hizo Enric Marco, quien inventó su peripecia de deportado y que, entrevistado en La Vanguardia el pasado viernes, seguía defendiendo la buena intención de su impostura. Pero Marco no es un literato ni un artista, sólo un falso testimonio que embaucó a muchos auditorios. Las memorias honestas de anónimos como Garriga y las excelentes novelas de autores como Semprún y Kertész son el mejor antídoto contra fraudes de este tipo.

Tratamos de atrapar la verdad de los que experimentaron el mal radical, más allá de todo lo pensable. Porque creemos –necesitamos hacerlo– que su testimonio actuará a la manera de protector para el estómago moral de nuestra época. De ahí que sigamos confiando en el enorme poder pedagógico de una persona contando un horror sufrido en carne propia a unos jóvenes alumnos de instituto. De ahí que, puestos a escoger entre la proyección de un documental perfecto y la charla imperfecta de un superviviente de los campos, escojamos siempre lo segundo. Pero, más pronto que tarde, llegará el día en que nadie podrá acudir al aula para dar fe del hedor que generaban los hornos crematorios, para dar fe de la escalera de la muerte en la cantera de Mauthausen, para dar fe de los que se lanzaban desesperados contra las vallas electrificadas… Entonces, cuando los últimos hayan fallecido, ese tiempo empezará a ser remoto y más confuso. Casi tanto como los procesos de la Inquisición, las cruzadas o el descubrimiento de América.

Sin figuras de carne y hueso que acrediten los hechos y levanten puentes de empatía, el significado único de ese acontecimiento irá perdiendo grosor e intensidad, hasta confundirse con otros tantos fenómenos históricos. No será el olvido lo que nos asediará, sino la indistinción, forma suprema y voraz de la indiferencia.

Article de Francesc-Marc Álvaro, publicat a
La Vanguardia el 17/12/09. Il·lustració de Meseguer.
Comentaris
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