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16/07/2010
nacioGallardo
Bifurcación catalanista
Hasta la sentencia, el catalanismo tenía un objetivo común: que el Constitucional respetara la voluntad democrática de los catalanes. La ha revocado. Ante tamaño revolcón, se observan dos tipos de respuesta. Por un lado, quienes proponen reparar el estropicio en la medida de lo posible, de manera que al final del proceso la realidad se asemeje en lo posible al Estatut que aprobaron las Cortes y votó el pueblo. Se llegue donde se llegue en este empeño, que no será muy lejos, fin de trayecto. Por otro, quienes entienden la sentencia como la ruptura del pacto constitucional y en consecuencia refieren el futuro a la voluntad de los catalanes, sea la que sea.

Enunciado de modo más simple, el catalanismo se bifurca entre autonomistas, o mejor dicho estatutistas y soberanistas, entre quienes, capitaneados por el president Montilla, rechazan, no que Catalunya sea una nación, sino el corolario que de este hecho se suele desprender, el derecho a decidir, y quienes afirman este derecho.

Los primeros se refugian tras la senyera. Los segundos, entre los que me cuento, en el lema completo de la manifestación, "Nosaltres decidim". No nos engañemos, el rechazo alTCes unánime entre quienes apoyaron el nuevo Estatut, pero a partir de ahí, la bifurcación es evidente e irreparable.

En la manifestación estaban todos, física o emocionalmente. Si hoy se aprueba una declaración unitaria en el Parlament, se ceñirá al rechazo, pero no podrá ir más allá, porque la bifurcación lo impide. Insisto, no es posible conciliar a quienes contemplan el futuro parcheando la sentencia y quienes pretenden ir más allá a partir de la voluntad nacional democrática. Igual que en un tendido ferroviario, la bifurcación del catalanismo a la que estamos asistiendo es un dato básico. O por aquí, o por allí. Hay que estar ciego, o habrá que estarlo dentro de poco, para negarlo. O nos quedamos como estamos, con los matices oportunos, o tomamos la vía hacia lo desconocido.

Como no todo el mundo tiene claro el significado y alcance de las dos opciones, es imprescindible explorar algunos aspectos de ambas. Ante todo, su longitud. La vía autonomista se ha agotado. Los topes de la estación término están a la vista. Puede opinarse que la máquina ya ha impactado contra ellos - y de modo traumático-o bien que pueden alejarse todavía un poco, con buena voluntad, mucha paciencia y más suerte. El debate no es este. Lo que de veras importa es cómo se las van a apañar los partidarios de la vía estatutista para proponer nuevas y más ambiciosas cotas de autogobierno. Desde luego, por esta vía, no. Y no les creo capaces de inventar una tercera. Apañados andaríamos, como si la bifurcación no fuera suficiente pena por la pretensión de mejorar en autogobierno.

Si a la vía estatutaria no le queda recorrido, la otra lo presenta largo, tan largo como impreciso y difuminado. Se engañan o ilusionan en demasía quienes, a favor o en contra, la identifican con la independencia. La independencia que, no sin humor, algunos llaman "autonomía de Portugal", es un posible final, no el deseado por todos ni, en mi opinión, el más probable.

Lo relevante es la fuente de legitimidad al margen de la Constitución, sus guardianes, intérpretes y hostiles cancerberos.

Si la vía de nuestra tradición democrática está agotada, la del soberanismo se presenta plagada de incertidumbres. ¿Por cuál optar? No es imprescindible hacerlo hoy. Es incluso posible en este inicio de la andadura soberanista tener un pie en cada vía (no los dos en la muerta). Pero en un futuro no lejano, en cuanto el tren soberanista vaya tomando cierta velocidad, habrá que optar. O contra la nación (aunque sea mediante el subterfugio de afirmar, con la sentencia, que nada se desprende de ello, y entonces tanto da que Catalunya se defina nación o alpargata), o a favor del derecho a decidir. Pero no hoy para todos. El tren del soberanismo debería disponer de vagones suficientes como para que se vayan montando en él quienes se convenzan de que la otra vía está bloqueada y no se conformen con ello.

Soberanismo puede suponer independencia, claro, pero también propuesta de nuevo pacto con España. Es falso, pues, identificar soberanismo con independentismo. Es falsa la disyuntiva entre conformarse con lo que hay o la independencia. Por eso, lo prudente es no esperar pero sí ir despacio. Sumar en vez de meter prisa. El tren del soberanismo arrancó el pasado sábado, por lo que puede afirmarse que el president Montilla encabezó una manifestación que iba contra sí mismo, contra su firme posición de rechazo a la vía soberanista.

Por mucho que diga Zapatero, y dice muy poco, el PSOE es coautor, por activa o por pasiva, del portazo al Estatut. De ahí que Mas, acompañado por la vieja guardia, por Pujol y Roca, haya abandonado toda ambigüedad. De ahí que Duran Lleida haya cortado el diálogo y la entente con el PSOE. De ahí que los catalanistas del PSC propongan firmeza y hasta defiendan el soberanismo. Lástima que el president Montilla se empecine en anclar sus dos pies en la vía agotada.

Article de Xavier Bru de Sala, publicat a La Vanguardia el 16/07/10. Il·lustració de Gallardo.
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